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Noticias y artículos Internacionales

 

Esta es la sección de Noticias y Artículos Internacionales. Aquí vamos colocando todo aquello que sucede más allá de nuestras fronteras políticas y que es relevante para nosotros. También esperamos vuetras colaboraciones.

Listado de registros ordenados por fecha y título.

Registros:6 .Mostrados del 1al 5.

Las ONGs según James Petras
Categoría social
Fecha 07/02/2005

James Petras, profesor de Sociología en la Universidad Binghamtom de Nueva York, hace una crítica a los intelectuales y a las ONGs.

 
Las ONGs según James Petras En los años 70, las ONGs desplegaron su actividad proporcionando apoyo humanitario a las víctimas de las dictaduras militares y denunciando las violaciones de derechos humanos. Este periodo creó una imagen favorable de las ONGs hasta en la izquierda. Se las consideraba parte del campo progresista. Ya entonces sus límites eran evidentes; aunque atacaban las violaciones de los Derechos Humanos de las dictaduras locales, raras veces denunciaban a sus patronos estadounidenses o europeos que las financiaban y asesoraban. A principios de los 80, los gobiernos europeos, estadounidenses y el Banco Mundial aumentaron la financiación de las ONGs. El punto básico de convergencia entre las ONGs y el BM era su oposición al estatismo. Aparentemente, las ONGs criticaban al Estado desde una perspectiva izquierdista que defendía la sociedad civil, mientras que la derecha lo hacía en nombre de los mercados. En realidad, el Banco Mundial, los regímenes neoliberales y el mundo occidental alentaron a las ONGs para hacer tambalearse al Estado benefactor, proporcionando servicios sociales para compensar a las víctimas de las empresas multinacionales. En otras palabras, conforme los regímenes neoliberales devastaban a las comunidades al inundar el país con importaciones baratas, pagos de la deuda externa y la abolición de las legislaciones laborales, creando una masa cada vez más grande de trabajadores mal pagados y desempleados, las ONGs recibían financiación para establecer proyectos de ayuda, educación popular, capacitación para el trabajo, etc. Y así absorbían temporalmente a pequeños grupos pobres, a la vez que captaban a los líderes locales para minar las luchas contrarias al sistema. Las ONGs se abstienen de participar en las luchas de los maestros de escuelas públicas y educadores del sistema oficial contra sueldos y recortes presupuestarios, porque su presupuesto proviene de gobiernos neoliberales. Las ONGs ponen en peligro la democracia, ya que arrebatan los programas sociales a la población local y a sus funcionarios de elección popular y fomentan la dependencia de los funcionarios extranjeros. Además, desvían la atención y las luchas populares del presupuesto nacional hacia la autoexplotación para garantizar los servicios sociales locales. La ideología de la actividad voluntaria privada de las ONGs mina el sentido público, la idea de que el gobierno tiene la obligación de velar por sus ciudadanos y proporcionarles vida, libertad y la búsqueda de la felicidad, de que la responsabilidad política del Estado es esencial para el bienestar de los ciudadanos. Contra este concepto de responsabilidad pública, las ONGs promueven la idea neoliberal de la responsabilidad privada de los problemas sociales y de la importancia de los recursos privados para resolver estos problemas. En realidad imponen una carga doble a los pobres: la de pagar impuestos para financiar al Estado neoliberal que sirve a los ricos, y la autoexplotación privada que se ocupe de sus propias necesidades. Las ONGs ponen el énfasis en los proyectos, no en los movimientos; movilizan a las personas para que produzcan en los márgenes, no para luchar por controlar los medios básicos de producción y riqueza. Las ONGs se apropian del lenguaje de la izquierda: poder popular, igualdad, desarrollo sostenible, liderazgo popular, etc. El problema es que ese lenguaje está ligado a un ámbito de colaboración con los donantes y las dependencias gubernamentales que subordina la actividad práctica a la política no conflictiva. Las ONGs y su personal profesional postmarxista compiten directamente con los movimientos sociopolíticos para adquirir influencia entre los pobres, las mujeres, los marginados, las minorías raciales, etc. Su ideología y práctica desvía la atención de las fuentes y las soluciones de la pobreza. Hablar de micro-empresas en vez de explotación por parte de los bancos extranjeros viene a decir que el problema es de iniciativa individual, no de la transferencia de los ingresos al extranjero. La ayuda de las ONGs afecta a pequeños sectores de población y establece una competencia entre comunidades por los escasos recursos, lo cual genera distinción y rivalidades internas y externas que perjudican la solidaridad de clase. Lo mismo sucede entre los profesionales: cada uno establece sus ONGs para solicitar fondos del extranjero. Compiten con propuestas "al gusto" de los donantes extranjeros, mientras afirman hablar en nombre de más seguidores. La estructura y naturaleza de las ONGs, con su postura apolítica y su enfoque de autoayuda, despolitiza y desmoviliza a los pobres. Además, refuerza el proceso electoral alentado por los partidos neoliberales y los medios de comunicación de masas. Las ONGs hablan de excluidos, de los sin poder, de la pobreza extrema, de la discriminación por sexo o raza, pero no pasan de los síntomas superficiales para abordar el sistema social que produce estas condiciones. Las ONGs crean un mundo político donde la apariencia de solidaridad y acción social disimula una conformidad conservadora con la estructura de poder nacional e internacional. Los movimientos sociopolíticos ofrecen pocos beneficios materiales, pero mayor respeto e independencia, y, lo que es más importante, la libertad de retar al sistema político y económico. Las ONGs fomentan un nuevo tipo de colonialismo y dependencia cultural y económica. Aunque la mayor parte de las ONGs son cada vez más instrumentos del neoliberalismo, hay una pequeña minoría que intenta desarrollar estrategias alternas que apoyen la política de clase y el antiimperialismo. Ninguna de ellas recibe fondos del BM o de dependencias gubernamentales estadounidenses o europeas. Apoyan los esfuerzos para ligar al poder local con el poder estatal. Relacionan los proyectos locales con los movimientos nacionales, defienden la propiedad pública y nacional contra las multinacionales. En una palabra, no son postmarxistas. James Petras es profesor de Sociología en la Universidad Binghamtom de Nueva York. Estos párrafos escogidos corresponden a un artículo publicado íntegramente en la revista Autogestión con el título "El postmarxismo rampante. Una crítica a los intelectuales y a las ONGs".
 
El nuevo apartheid por Naomi Klein
Categoría social
Fecha 10/02/2005

La autora de "No Logo",denuncía el apartheid economico en Sudafrica.

 
El sábado por la noche estuve en una fiesta en honor de Nelson Mandela y para juntar fondos para una fundación en pro de la niñez (todavía no sé cómo fui a parar ahí). Fue un lindo asunto y sólo una persona muy grosera podría haber dicho que la fiesta estaba repleta de ejecutivos, banqueros y mineros que se rehusaron a sacar sus inversiones de la Sudáfrica del apartheid durante décadas. Mandela estuvo en Canadá la semana pasada para recibir el más alto honor que ofrece mi país: fue la segunda persona en nuestra historia en ser convertida en ciudadano honorífico. Así que sólo alguien sin conciencia del momento hubiera mencionado que el mismo gobierno que le rendía honores a Mandela está impulsando un proyecto de ley antiterrorista que, de haberse aplicado hace unos años, habría saboteado el movimiento anti apartheid (muchos países están pasando leyes similares). Aquí en Canadá, y en otros lugares, el movimiento anti apartheid juntó fondos para el Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés), el cual fácilmente hubiera entrado en las resbaladizas definiciones de organización terrorista de la mayoría de los proyectos de ley que circulan en el mundo. Y más aún: los activistas anti apartheid intencionalmente causaron una "seria perturbación" a las actividades de las compañías que invertían en Sudáfrica, y eventualmente forzaron a muchas a retirarse. Estas interrupciones también hubieran sido ilegales bajo las propuestas leyes antiterroristas. Y luego está el pequeño detalle de que muchos en Sudáfrica insisten en que el apartheid aún existe, y que requiere de un nuevo movimiento de resistencia, con nuevas perturbaciones. A principios de mes, en Londres, conocí a Trevor Ngwane, ex miembro de un consejo municipal del ANC, que está entre los que encabezan el nuevo movimiento. "El apartheid basado en la raza ha sido reemplazado por un apartheid basado en la clase social -dice Ngwane-. Somos la sociedad más desigual del mundo". Enfrentados a un país donde 8 millones de personas no tienen hogar y cerca de 5 millones son seropositivos, algunos tratan de pintar la desigualdad que se profundiza como un triste pero inevitable legado del apartheid racista. Ngwane dice que es el resultado directo de un programa económico específico de "reestructuración" llevado a cabo por el actual gobierno, y nutrido por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Cuando Mandela fue liberado de la prisión, su visión era de una Sudáfrica que ofrecía libertad económica, al igual que democrática. Las necesidades básicas de vivienda, agua potable y electricidad se cubrirían por medio de programas públicos masivos. Pero cuando el ANC llegó al poder, escribe el profesor surafricano Patrick Bond, en su nuevo libro Contra el apartheid global (University of Cape Town Press), se ejerció una enorme presión sobre el partido para que comprobara que podía gobernar con "políticas macroeconómicas sólidas". Quedó claro que si Mandela intentaba una auténtica redistribución de la riqueza, los mercados internacionales responderían. Muchos dentro del partido, comprensiblemente, temieron que un derrumbe económico en Sudáfrica se usaría como una acusación no sólo contra el ANC, sino contra el mandato negro en sí. Así que, en vez de su política de "crecimiento a través de la redistribución", el ANC, especialmente bajo la presidencia de Thabo Mbeki, adoptó el programa económico hecho bajo el mismo molde que consistía en tratar de que "creciera" la economía agradando a los inversionistas extranjeros: privatizaciones masivas, despidos y reducciones en los salarios en el sector público, recortes en los impuestos a la inversión privada, y cosas por el estilo. Los resultados son devastadores. Desde 1993 se han perdido medio millón de empleos. Los salarios del 40% más pobre de la población disminuyeron en 21%. Las zonas pobres han visto cómo se incrementa el costo del agua potable en 55%, y de la luz hasta en 400%. Muchos han recurrido a tomar agua contaminada, lo que llevó a un brote de cólera que infectó a 100 mil personas. En Soweto, a 20 mil hogares les cortan la luz cada mes. ¿Y las inversiones? Aún las están esperando. Este es el tipo de historial que ha vuelto unos parias internacionales al Banco Mundial y al FMI, y llevó a miles a las calles afuera de las reuniones en Ottawa el pasado fin de semana, con "manifestaciones solidarias" en el mundo, incluyendo una en Johannesburgo. Hace poco, The Washington Post narró la desgarradora historia de una residente de Soweto, Agnes Mohapi, atrapada en las batallas privatizadoras en Sudáfrica. El periodista observó que "dentro de toda su miseria, el apartheid nunca hizo esto: no la despidió de su empleo, no incrementó su cuenta y después desconectó su servicio cuando inevitablemente ya no pudo pagar. 'La privatización hizo eso', dijo (Mohapi)". Ante este sistema de "apartheid económico", el nuevo movimiento de resistencia comienza a prender. Hubo una huelga general de tres días contra la privatización en agosto, programada al mismo tiempo que la Conferencia Mundial contra el Racismo, para así avergonzar al gobierno. En Soweto, trabajadores desempleados reconectan el agua potable que fue suspendida a sus vecinos y la Comisión de la Crisis de Electricidad de Soweto ha reconectado ilegalmente la luz a miles de hogares. También llaman a los residentes de Soweto a boicotear sus cuentas de luz hasta que los precios estén bajo control. ¿Por qué los policías no arrestan a estos activistas, quienes, después de todo, están causando una "seria perturbación" (lo cual aparentemente es lo mismo que terrorismo)? "Porque -dice Ngwane- cuando desconectan la luz de los policías, también la reconectamos".
 
Las mujeres y la constitución europea por Ana Hernando y Luisa Acevedo (asamblea feminista de Madrid
Categoría social
Fecha 11/02/2005

El termino "ciudadanas" no aparece a lo largo del texto constitucional.No es casual.El lenguaje posee una fuerte carga simbólica que expresa relaciones de poder y realidades sociales.

 
Lo primero que llama la atención del texto Constitu­cional es la insistencia en adjudicar su nacimiento a la voluntad de los ciudadanos. Parece como si todas y to­dos hubiéramos ocupado las calles para pedir encareci­damente a nuestros gobernantes una Constitución. Nada más lejos de la realidad. Desde su nacimiento la Unión Europea ha sido un proyecto vinculado a los intereses de las élites del capital productivo y financiero. Nunca ha sido su objetivo mejorar las condiciones de vida de las personas, por más que los redactores del do­cumento se empeñen en asegurarlo. Máxime ahora que la carta magna promueve el grabar en mármol jurídico (y profundizar) el marco económico neoliberal, que es especialmente lesivo para las mujeres. Más allá de la re­tórica empleada en el tratamiento de "la igualdad" o "la violencia doméstica", las políticas que la Constitución pretende legitimar representan para las mujeres la preca­rización de la vida, un recorte drástico de las libertades, la profundización en las desigualdades y una garantía de continuidad para una organización social patriarcal. Somos conscientes de la complejidad que entraña el abordaje de todas estas cuestiones, pero dadas las limita­ciones de esta publicación, intentaremos centrarnos en los aspectos que nos parecen más relevantes. La Constitución Europea (CEu) reconoce a los ciu­dadanos de la Unión "la libertad para buscar un empleo y trabajar" (Art. II-75). Por un lado, esta redacción ig­nora que las mujeres no acceden al empleo desde una si­tuación igualitaria con respecto a los hombres. Por otro, permite ocultar todo el trabajo doméstico y de cuidados que realizamos casi en exclusiva y que es absolutamente necesario para que la sociedad funcione. En cuanto al empleo, somos el grupo que soporta mayores índices de paro, precariedad y salarios más bajos. Puede decirse que en Europa la pobreza y la exclusión social son funda­mentalmente femeninas. La CEu sin embargo permitirá agravar esta situación, pues además de afianzar la Divi­sión Sexual del trabajo que históricamente ha existido en la UE, los recortes sociales que de su aplicación se derivan, destruirán empleo público en los sectores (servicios) a los que mayor acceso hemos tenido. La Carta Magna recoge, asimismo, "la libertad, sir ningún tipo de traba, al funcionamiento del mercado' (Art. III-177 y 178), lo que supondrá que los sistema; de protección y servicios sociales, como las pensiones la educación y la sanidad, pasarán a funcionar bajo 1, lógica del beneficio privado. El acceso a estos servicio; dependerá por tanto del poder adquisitivo de las personas, perdiendo su carácter universal. El Estado se va, desentendiendo así de los colectivos con menor acceso al dinero, entre ellos las mujeres. Además el aumento de los gastos militares previstos en la CEu (Art. I-41.3, contribuirá a un mayor recorte de los gastos sociales que redundará en una mayor desprotección social.La necesidad de cubrir estas necesidades (la gente seguirá naciendo, envejeciendo y enfermando) recaerá cada vez de forma más insistente en las familias. Por ello no es baladí que en la Constitución se recoja el derecho a contraer matrimonio y a fundar una familias como referentes de la organización social (Art. 11.69) Probablemente, en un futuro no muy lejano, se exija los núcleos familiares la responsabilidad de gestiona y satisfacer en solitario las necesidades que ahora, mal que bien, cubren los Estados. La lógica del cuidado y el bienestar humano siempre ha estado en contradicció con la lógica del mercado. La primacía que se otorga éste en la CEu, con el consiguiente recorte de prestacio nes sociales, afectará de lleno a las mujeres por el papel que socialmente se nos asigna dentro y fuera del ámbito familiar. La CEu supone por otro lado una clara amenaza a los derechos sociales conquistados en Europa en las últimas décadas. El "Estado del Bienestar" se tambalea allí donde efectivamente ha llegado a desarrollarse. Esta calculada regresión e individualización de lo social, pone también en tela de juicio los logros que el movimiento feminista ha realizado en el espacio europeo. Máxime si tenemos en cuenta las dificultades reales de las mujeres para ejercer derechos individuales como el divorcio y el aborto. La "igualdad formal" que aparentemente funciona en los Estados de la Unión, impide muchas veces perci­bir la relación de poder que se establece sobre nosotras y que por ejemplo se manifiesta en la escasa participación de las mujeres en la vida pública, en la insuficiente auto­nomía económica y en la falta de reconocimiento social de las actividades que culturalmente se nos asignan. Una de las manifestaciones más claras de esta reali­dad la encontramos en la violencia machista. Ésta cons­tituye uno de los problemas más relevantes que tiene planteados la UE (más del 20% de las mujeres en Euro­pa sufren algún tipo de maltrato al menos una vez en su vida). Sin embargo la Constitución no aborda las causas de dicha violencia, de hecho la trata como violencia doméstica. Se limita a considerarnos víctimas, sujetos débiles susceptibles de apoyo y "medidas proteccionis­tas" (declaración relativa al Art. 111- 116). Esta retórica constitucional junto a "la no discriminación por razón de sexo" queda también en entredicho cuando, por otro lado, se apuesta por una Europa crecientemente milita­rizada y se refuerza la estructura familiar. Si la primera potencia los valores del machismo y la solución violenta de los conflictos, la segunda constituye el marco donde en la actualidad más muertes y agresiones se producen hacia las mujeres. En contraposición al derecho al matrimonio no apa­rece el derecho al divorcio. Pero si consta una mención expresa que permite a Malta mantener la prohibición del aborto, incluso ante posibles modificaciones del tex­to constitucional (Protocolo no 7). En todos los Estados de la Unión existen medidas restrictivas del derecho a abortar. Pero en algunos como Polonia o Irlanda estas medidas imposibilitan prácticamente su ejercicio. El Protocolo no 7 de la CEu supondrá además de una re­ferencia legal nefasta, una negación expresa del derecho de las mujeres a decidir sobre nuestra sexualidad y sobre la maternidad. Por otro lado la vulneración de los derechos huma­nos y libertades que afectan especialmente a los colecti­vos más estigmatizados y desprotegidos como las prosti­tutas y como las mujeres inmigrantes, se verá reforzada en la CEu. La ciudadanía de la UE aparece asociada a la nacionalidad de un Estado miembro (Art. L 10).Esto implica, por ejemplo, que una persona inmigrante, a la que no se reconoce como ciudadana, no tendrá, entre otros derechos, "libertad para buscar empleo". Lo cual endurecerá aún más las condiciones de trabajo de las mujeres inmigrantes en Europa (empleos desregulados y de máxima explotación) La libertad de la que gozarán los capitales y la cir­culación de mercancías no podrán disfrutarla las per­sonas. El concepto ciudadanas' queda reducido al de electoras y consumidoras. Los derechos más elementa­les están en entredicho ya que la Unión sólo se adheri­rá al Convenio Europeo para la Protección de lo Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales cuando no modifique las competencias de la Unión que se definen en la Constitución (Artículo I-9). No hay que olvidar que los Estados actuardn respetando el principio de una econo­mía de mercado abierta y de libre competencia (Artículo III-178). Es decir debe eliminarse todo lo que dificulte el buen funcionamiento del mercado. Mucho nos te­memos que las reivindicaciones feministas supongan un estorbo para alcanzar los verdaderos objetivos de la Unión. Pero quizás uno de los aspectos más sorprendentes que recoge la CEu sea el tratamiento que da a las Igle­sias. Para nuestra gran sorpresa y estupor en el Artículo 1.52 se establece sin recato que "En reconocimiento a su aportación específica, la UE mantendrá un diálogo abierto, transparente y regular con las Iglesias". Ya en el Preámbulo del borrador figura el reconocimiento del "patrimonio espiritual y moral europeo". Un patrimonio que en la historia del continente arroja un gran saldo de muertes y torturas en nombre de guerras religiosas, cru­zadas y "caza de brujas". Según se especifica en el artícu­lo I-52, "La Unión respetará y no prejuzgará el estatuto reconocido en los Estados miembros a las Iglesias". No será relevante por tanto considerar si éstos vulneran de­rechos humanos o los derechos de las mujeres. Se excluye el principio de laicidad del marco jurídi­co europeo. Por el contrario se pretende institucionalizar la ingerencia de las Iglesias en las cuestiones públicas, poniéndolas cuando menos al mismo nivel que a las or­ganizaciones representativas de la sociedad civil, de cara a realizar consultas sobre las políticas de la Unión (Art. I-47). Para las mujeres esto significa un clarísimo atentado contra el derecho a decidir sobre nuestra vida, la igual­dad entre sexos, el divorcio, el aborto, los anticoncepti­vos (incluido el preservativo en la lucha contra el SIDA), los derechos de homosexuales y lesbianas, y en definitiva un retroceso grotesco de las libertades conquistadas por el movimiento feminista y otros movimientos sociales. Pues no hay que olvidar que la jerarquía eclesiástica ca­tólica, fuertemente fundamentalista, justifica sin ambigüedades el sometimiento de las mujeres a los hombres como algo natural. Aceptar que estas instituciones re­ligiosas queden legitimadas para interferir en la vida pública, es una afrenta a los más elementales principios de igualdad y laicidad En definitiva, la Constitución representa la norma jurídica que necesita el Proyecto Europeo para afianzar su posición actual. Pretende legitimarse "en nombre de los ciudadanos y Estados de Europa" y dar así luz ver­de a la consolidación de un sistema social y político que garantice el beneficio económico y la acumulación de capital, regido todo ello por la lógica suprema de la competitividad. Desde este punto de vista se entiende la defensa a ultranza de instituciones y valores que perpe­túen la subordinación de las mujeres a los hombres, ya que esto es perfectamente funcional a sus propósitos. Por otro lado, a pesar de la retórica empleada, la CEu amenaza muy seriamente las conquistas sociales que el movimiento feminista ha realizado en toda Euro­pa y dificulta el avance de los derechos sociales e indivi­duales de las mujeres. No cabe duda de la crudeza y gravedad de las políti­cas que la CEu pretende llevar a cabo. Pero no obstante, y al margen del rechazo que desde un punto de v feminista nos inspira la Constitución, creemos que el desarrollo de este Proyecto no será fácil. Nos referimos no sólo a los problemas de legitimidad que acompañan a la CEu, sino también a las resistencias de difere índole que seguirá provocando, también en el caso de las mujeres. La politización que hemos conseguido espacio privado y la agudización de los conflictos ya existen en las sociedades y en las familias en cuato al reparto del trabajo y el derecho a tiempo para goce y desarrollo personal, sólo conseguirá agudizar el rechazo y la contestación a este Proyecto. No en vano el feminismo es y ha sido un movimiento de considerable implantación social en Europa.
 
Los derechos laborales en la constitución europea
Categoría
Fecha 11/02/2005

Los que creen que la Unión Europea y sus instituciones son cosas muy lejanas que no nos influyen tanto, están equivocados. El 70% de las leyes y normas que regulan nuestra vida son decisiones y direct

 
El texto constitucional habla de la no discriminación de los ciudadanos europeos y dice que pueden moverse libremente por Europa para ejercer un trabajo, y dice que “toda persona tiene derecho a trabajar” (Art. 75), lo que no es equiparable, ni de lejos con el “derecho al trabajo”. Además no menciona, ni mucho menos garantiza, lo que está estipulado como un Derecho Humano: un salario digno. (El derecho al trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer las necesidades propias y las de la familia, sí está recogido en la Constitución Española). Lo que sí garantiza, curiosamente, es que en el ámbito del empleo “la ley marco europea no incluirá armonización alguna de las disposiciones legales y reglamentarias de los Estados miembros” (Art. III-207). La aspiración al pleno empleo ha quedado descartada en la Constitución Europea (Art. 205) y la estabilidad laboral brilla por su ausencia, sustituida por mayor flexibilidad “mano de obra adaptable a unos mercados laborales capaces de reaccionar rápidamente” (Art. 203) Como de todos es sabido, los principios constitucionales son concretados luego por las leyes. Es aquí donde aparece la Directiva Bolkestein, cuyo plazo de aplicación coincide casualmente con el de la Constitución Europea. ¿Y qué establece la Directiva Bolkestein? (negociada en el más absoluto de los secretos y que se empezó a conocer a través de una filtración). Pues, por ejemplo, establece el principio del “país de origen”. Con ello, las empresas en la Unión Europea tendrán que obedecer solamente a los requisitos del país donde radique su sede social. A los otros Estados en los que actúen estas empresas no se les permitirá imponer restricciones ni controles de ningún tipo. Con ello, las empresas radicarán su sede en aquellos países con menor protección social y ecológica. Con la garantía constitucional de que no se armonizarán las reglas laborales, se ejercerá una presión aún más fuerte para disminuir todavía más los ya mermados derechos laborales. Por ejemplo: Una empresa polaca (real o virtual a través de una dirección postal) podrá construir una finca en España con obreros polacos, a sueldos polacos. Sólo Polonia será la encargada de controlar si se cumplen las leyes laborales o medioambientales polacas. Una ETT de Letonia podrá ofrecer sus trabajadores temporales sin que los Inspectores de Trabajo españoles tengan derecho a verificar si la ETT cumple las leyes españolas, porque éstas no estarán vigentes. Esto no lleva a otra cosa que a anular la intervención de los poderes públicos. El objetivo no es otro que rebajar sueldos, condiciones laborales, la presión fiscal y eliminar toda la competencia nacional del sector en el que opere: la capacidad de maniobra para hacerse un hueco en el mercado de autoempleados (trabajadores autónomos) y pequeñas empresas quedará reducida a NADA. Como se ve, no es sólo un ataque frontal a los asalariados, sino que ya se incluye en el paquete de agredidos a otras capas sociales, como los autónomos y los pequeños y medianos empresarios. LA HOJA DEL LUNES (Periódico informativo de la Sección Sindical de CGT de Gestevisión Telecinco)
 
La Abolición del trabajo por Bob Black
Categoría cultural
Fecha 13/03/2005

Nadie debería trabajar

 
El trabajo es la fuente de casi toda la miseria en el mundo. Casi todos los males que puedas mencionar provienen del trabajo, o de vivir en un mundo diseñado para el trabajo. Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar. Esto no significa que tenemos que dejar de hacer cosas. Significa crear una nueva forma de vivir basada en el juego; en otras palabras, una convivencia lúdica, comensalismo, o tal vez incluso arte. El juego no es sólo el de los niños, con todo y lo valioso que éste es. Pido una aventura colectiva en alegría generalizada y exhuberancia libremente interdependiente. El juego no es pasivo. Sin duda necesitamos mucho mas tiempo para la simple pereza y vagancia que el que tenemos ahora, sin importar los ingresos y ocupaciones, pero, una vez recobrados de la fatiga inducida por el trabajo, casi todos nosotros queremos actuar. El Oblomovismo y el Estajanovismo son dos lados de la misma moneda despreciada. La vida lúdica es totalmente incompatible con la realidad existente. Peor para la "realidad", ese pozo gravitatorio que absorbe la vitalidad de lo poco en la vida que aún la distingue de la simple supervivencia. Curiosamente -- o quizás no -- todas las viejas ideologías son conservadoras porque creen en el trabajo. Algunas de ellas, como el Marxismo y la mayoría de las ramas del anarquismo, creen en el trabajo aún mas fieramente porque no creen en casi ninguna otra cosa. Los liberales dicen que deberíamos acabar con la discriminación en los empleos. Yo digo que deberíamos acabar con los empleos. Los conservadores apoyan leyes del derecho-a-trabajar. Siguiendo al yerno descarriado de Karl Marx, Paul Lafargue, yo apoyo el derecho a ser flojo. Los izquierdistas favorecen el empleo total. Como los surrealistas -- excepto que yo no bromeo -- favorezco el desempleo total. Los Troskistas agitan por una revolución permanente. Yo agito por un festejo permanente. Pero si todos las ideólogos defienden el trabajo (y lo hacen) -- y no sólo porque planean hacer que otras personas hagan el suyo -- son extrañamente renuentes a admitirlo. Hablan interminablemente acerca de salarios, horas, condiciones de trabajo, explotación, productividad, rentabilidad. Hablarán alegremente sobre todo menos del trabajo en sí mismo. Estos expertos que se ofrecen a pensar por nosotros raramente comparten sus ideas sobre el trabajo, pese a su importancia en nuestras vidas. Discuten entre ellos sobre los detalles. Los sindicatos y los patronos concuerdan en que deberíamos vender el tiempo de nuestras vidas a cambio de la supervivencia, aunque regatean por el precio. Los Marxistas piensan que deberíamos ser mandados por burócratas. Los anarco-capitalistas piensan que deberíamos ser mandados por empresarios. A las feministas no les importa cuál sea la forma de mandar, mientras sean mujeres las que manden. Es claro que estos ideo-locos tienen serias diferencias acerca de cómo dividir el botín del poder. También es claro que ninguno de ellos tiene objeción alguna al poder en sí mismo, y todos ellos desean mantenernos trabajando. Debes estar preguntándote si bromeo o hablo en serio. Pues bromeo y hablo en serio. Ser lúdico no es ser ridículo. El juego no tiene que ser frívolo, aunque la frivolidad no es trivialidad: con frecuencia debemos tomar en serio la frivolidad. Deseo que la vida sea un juego -- pero un juego con apuestas altas. Quiero jugar para ganar. La alternativa a trabajar no es el ocio sólamente. Ser lúdico no es ser estático. Aunque valoro el placer de la pereza, nunca es mas satisfactoria que cuando sirve de intermedio entre otros placeres y pasatiempos. Tampoco promuevo esa válvula de seguridad disciplinada y gerenciada llamada "tiempo libre"; nada de eso. El tiempo libre es no trabajar por el bien del trabajo. El tiempo libre es tiempo gastado en recobrarse del trabajo, y en el frenético pero inútil intento de olvidarse del trabajo. Mucha gente regresa de sus vacaciones tan agotada que desean volver al trabajo para descansar. La diferencia principal entre el tiempo libre y el trabajo es que al menos te pagan por tu alienación y agotamiento. No estoy jugando a las definiciones. Cuando digo que quiero abolir el trabajo, me refiero justo a lo que digo, pero quiero decir a lo que me refiero definiendo mis términos de formas no idiosincráticas. Mi definición mínima del trabajo es labor forzada, es decir, producción impuesta. Ámbos elementos son esenciales. El trabajo es producción impuesta por medios económicos o políticos, por la zanahoria o el látigo (la zanahoria es sólo el látigo por otros medios). Pero no toda creación es trabajo. El trabajo nunca es hecho por amor al trabajo mismo, sino para obtener un producto o resultado que el trabajador (o, con mas frecuencia, alguien más) recibe del mismo. Esto es lo que el trabajo debe ser. Definirlo es despreciarlo. Pero el trabajo es usualmente peor de lo que indica su definición. La dinámica de dominación contenida por el trabajo tiende a desarrollarse con el tiempo. En las sociedades avanzadas e infestadas de trabajo, incluyendo todas las sociedades industriales, capitalistas o "comunistas", el trabajo siempre adquiere otros atributos que lo hacen aún más nocivo. Usualmente -- y esto es aún más cierto en los países "comunistas" que en los capitalistas, donde el estado es casi el único patrono y todos són empleados -- el trabajo es asalariado, lo que significa venderte a tí mismo a plazos. Así que el 95% de los estadounidenses que trabajan, trabajan para alguien (o algo) más. En la URSS o Cuba o Yugoslavia o cualquier otro modelo alternativo que puedas mencionar, la cifra correspondiente se aproxima al 100%. Solo los fortificados bastiones de campesinos del Tercer Mundo -- Méjico, India, Brasil, Turquía -- albergan temporalmente concentraciones significativas de agricultores que perpetúan el acuerdo tradicional de la mayoría de los trabajadores en los últimos milenios: el pago de impuestos (= rescate) al estado o renta a los parasíticos terratenientes, a cambio de que les dejen en paz en todo lo demás. Incluso éste simple trato empieza a verse agradable. Todos los trabajadores industriales (y de oficina) se encuentran bajo el tipo de supervisión que asegura la servilidad. Pero el trabajo moderno tiene peores implicaciones. La gente no sólo trabaja, tienen "empleos". Una persona realiza una tarea productiva todo el tiempo "¡o si no...!". Aún si la tarea tiene aunque sea un átomo de interés intrínseco (y cada vez menos trabajos lo tienen) la monotonía de su obligatoriedad exclusiva elimina su potencial lúdico. Un "empleo" que podría atraer la energía de algunas personas, por un tiempo razonable, por pura diversión, es tan sólo una carga para aquellos que tienen que hacerlo por cuarenta horas a la semana sin voz ni voto sobre cómo debería hacerse, para beneficio de propietarios que no contribuyen en nada al proyecto, y sin oportunidad de compartir las tareas o distribuir el trabajo entre aquellos que tienen que hacerlo. Este es el verdadero mundo del trabajo: Un mundo de estupidez burocrática, de acoso sexual y discriminación, de jefes cabeza hueca explotando y descargando la culpa sobre sus subordinados, quienes -- según cualquier criterio técnico-racional -- deberían estar dirigiendo todo. Pero el capitalismo en el mundo real sacrifica la maximización racional de la productividad y el beneficio ante las exigencias del control organizacional. La degradación que experimentan la mayoría de los trabajadores es la suma de varias indignidades que pueden ser denominadas como "disciplina". Foucault ve este fenómeno de manera complicada, pero es muy simple. La disciplina consiste en la totalidad de los controles totalitarios en el lugar de trabajo -- supervisión, movimientos repetitivos, ritmos de trabajo impuestos, cuotas de producción, marcar tarjeta, etc. La disciplina es lo que la fábrica, la oficina y la tienda comparten con la cárcel, la escuela y el hospital psiquiátrico. Es algo históricamente nuevo y horrible. Va más allá de las capacidades de los dictadores demoníacos de antaño como Nerón y Gengis Khan e Iván el Terrible. Pese a sus malas intenciones, ellos no tenían la maquinaria para controlar a sus súbditos tan completamente como los déspotas modernos. La disciplina es el modo de control moderno, especialmente diabólico, es una irrupción novedosa que debe ser detenida a la primera oportunidad. Eso es el "trabajo". El juego es todo lo contrario. El juego es siempre voluntario. Lo que de otro modo sería un juego, es trabajo si es forzado. Esto es axiomático. Bernie de Koven ha definido el juego como la "suspensión de las consecuencias". Esto es inaceptable si significa que el juego es inconsecuente. No es que el juego no tenga consecuencias. Eso sería rebajar al juego. El asunto es que las consecuencias, si las hay, són gratuitas. El jugar y el dar están estrechamente relacionados, son facetas conductuales y transaccionales del mismo impulso, el instinto-de-jugar. Ámbos comparten un desdén aristocrático hacia los resultados. El jugador recibe algo al jugar; es por eso que juega. Pero la recompensa principal es la experiencia de la actividad misma (cualquiera que sea). Algunos estudiosos del juego, normalmente atentos (como el Homo Ludens de Johan Huizinga), lo definen como "seguir reglas". Respeto la erudicción de Huizinga pero rechazo enfáticamente sus restricciones. Existen buenos juegos (ajedrez, baseball, monopolio, bridge) que están regidos por reglas, pero hay mucho mas en jugar que seguir reglas. La conversación, el sexo, el baile, los viajes -- estas prácticas no siguen reglas, pero son juegos sin la menor duda. Y es posible jugar con las reglas tanto como con cualquier otra cosa. El trabajo hace de la libertad una burla. El discurso oficial dice que todos tenemos derechos y vivimos en una democracia. Otros desafortunados que no són libres como nosotros tienen que vivir en estados policiales. Estas víctimas obedecen órdenes "¡o si no...!", sin importar cuán arbitrarias. Las autoridades les mantienen bajo supervisión constante. Los burócratas del Estado controlan hasta los detalles más pequeños de la vida diaria. Los oficiales que les empujan de un lado a otro sólo responden ante sus superiores, públicos o privados. De cualquier modo, la disensión y la desobediencia són castigados. Los informantes reportan regularmente a las autoridades. Se supone que todo esto es muy malo. Y lo es, exepto que no es sino una descripción del puesto de trabajo moderno. Los liberales y conservadores y anarco-capitalistas que lamentan el totalitarismo són falsos e hipócritas. Hay mas libertad en cualquier dictadura moderadamente desestalinizada que en el típico puesto de trabajo estadounidense. Encuentras el mismo tipo de jerarquía y disciplina en una oficina o fábrica que en una cárcel o monasterio. De hecho, como Foucault y otros han mostrado, las cárceles y las fábricas surgieron casi al mismo tiempo, y sus operadores copiaron conscientemente las técnicas de control de unas y de otras. Un trabajador es un esclavo de medio tiempo. El jefe dice cuándo llegar, cuándo irse, y qué hacer entre los dos. Te dice cuánto trabajo hacer y qué tan rápido. Puede llevar su control hasta extremos humillantes, regulando, si le da la gana, las ropas que llevas o qué tan a menudo puedes ir al baño. Con unas pocas excepciones, puede despedirte por cualquier razón, o sin razón. Eres espiado por informantes y supervisores, amasa un expediente de cada empleado. Contestarle es llamado "insubordinación", como si el trabajador fuese un niño malo, y no sólo hace que te despidan, te descalifica para compensación de desempleo. Sin aprobarlo necesariamente para ellos tampoco, hay que señalar que los niños en la casa y en la escuela reciben un tratamiento similar, en este caso justificado por su supuesta inmadurez. ¿Qué nos dice ésto acerca de sus padres y maestros que trabajan? El humillante sistema de dominación que he descrito rige sobre la mitad de las horas de vigilia de una mayoria de mujeres y la vasta mayoría de los hombres por décadas, por la mayor parte de sus vidas. Para ciertos propósitos, no es del todo erróneo llamar a nuestro sistema democracia o capitalismo o -- mejor aún -- industrialismo, pero sus verdaderos nombres són fascismo de fábrica y oligarquía de oficina. Quien diga que esta gente es "libre" es un mentiroso o un estúpido. Eres lo que haces. Si haces trabajo aburrido, estúpido y monótono, lo mas probable es que tú mismo acabarás siendo aburrido, estúpido y monótono. El trabajo explica la creciente cretinización a nuestro alrededor mucho mejor que otros mecanismos idiotizantes como la televisión y la educación. Quienes viven marcando el paso todas sus vidas, llevados de la escuela al trabajo y enmarcados por la familia al comienzo y el asilo al final, están habituados a la jerarquía y esclavizados psicológicamente. Su aptitud para la autonomía se encuentra tan atrofiada, que su miedo a la libertad es una de sus pocas fobias con base racional. El entrenamiento de obediencia en el trabajo se traslada hacia las familias que inician, reproduciendo así el sistema en más de una forma, y hacia la política, la cultura y todo lo demás. Una vez que absorbes la vitalidad de la gente en el trabajo, es probable que se sometan a la jerarquía y la experticia en todo. Están acostumbrados a ello. Vivimos tan cerca del mundo del trabajo que no vemos lo que nos hace. Tenemos que basarnos en observadores externos de otros tiempos u otras culturas para apreciar el extremismo y la patología de nuestra posición presente. Hubo un tiempo en nuestro pasado en que la "ética del trabajo" hubiese sido incomprensible, y quizás Weber comprendió algo importante cuando conectó su aparición con una religión, el Calvinismo, que si hubiese aparecido hoy, en vez de hace cuatro siglos, hubiese sido llamado acertadamente una secta. De cualquier forma, sólo tenemos que usar la sabiduría de la antiguedad para poner el trabajo en perspectiva. Los antiguos veían el trabajo tal como era, y su punto de vista prevaleció, pese a los locos calvinistas, hasta que fué desterrado por el industrialismo -- pero no ántes de ser promovido por sus profetas. Imaginemos por un momento que el trabajo no convierte a la gente en sumisos atontados. Imaginemos, contra cualquier psicología creíble y contra la ideología de sus defensores, que no tiene efecto en la formación del carácter. E imaginemos que el trabajo no es tan aburrido, agotador y humillante como todos sabemos que realmente es. Aún así, el trabajo sigue siendo una burla de todas las aspiraciones democráticas y humanísticas, sólo porque usurpa tanto de nuestro tiempo. Sócrates dijo que los trabajadores manuales suelen ser malos amigos y malos ciudadanos, porque no tienen tiempo de cumplir con las responsabilidades de la amistad y la ciudadanía. Tenía razón. A causa del trabajo, sin importar lo que hagamos, nos la pasamos mirando los relojes. La única cosa "libre" sobre el llamado tiempo libre es que no le cuesta nada al jefe. El tiempo libre está dedicado en su mayoría a prepararse para ir al trabajo, ir al trabajo, regresar del trabajo, y recobrándose del trabajo. El tiempo libre es un eufemismo para la manera peculiar en que el trabajador, como factor de producción, no sólo se transporta a sí mismo, a sus propias expensas, desde y hacia el puesto de trabajo, sino que además asume la responsabilidad por su propio mantenimiento y reparación. El carbón y el acero no hacen eso. Las máquinas fresadoras y las de escribir no hacen eso. Pero los empleados lo hacen. Con razón Edward G. Robinson, en una de sus películas de gangsters, exclamó "¡el trabajo es para los estúpidos!" Platón y Jenofonte atribuyen a Sócrates, y obviamente comparten con él, una comprensión de los efectos destructivos del trabajo en el trabajador como ciudadano y como ser humano. Herodoto identificó el desprecio por el trabajo como un atributo de los griegos clásicos en la cumbre de su cultura. Cicerón dijo que "quien da su labor a cambio de dinero se vende a sí mismo, y se coloca al mismo nivel que los esclavos". Su candor es raro ahora, pero las sociedades primitivas contemporáneas a las que solemos ver con desprecio nos proveen de portavoces que han intrigado a los antropólogos de Occidente. Los Kapaku de Irián del Oeste, según Posposil, tienen una concepción de balance en la vida, y por ello trabajan un día si y otro no, el día de descanso destinado a "recobrar el poder y salud perdidos". Nuestros antepasados, incluso en el siglo dieciocho, cuando ya habían recorrido la mayor parte del camino hacia nuestro actual predicamento, al menos sabían lo que nosotros hemos olvidado, el lado siniestro de la industrialización. Su devoción religiosa a "San Lunes" -- con lo cual establecieron una semana laboral de cinco días 150-200 años antes de su consagración legal -- era la desesperación de los primeros propietarios de fábricas. Les tomó un largo tiempo someterse a la tiranía de la campana, predecesora del reloj. De hecho, se necesitó una generación o dos para reemplazar adultos varones con mujeres acostumbradas a la obediencia y niños que podían ser moldeados para ajustarse a las necesidades industriales. Incluso los campesinos explotados del Antíguo Régimen le sustraían un tiempo sustancial a su trabajo para el Señor. De acuerdo a Lafargue, un cuarto del calendario de los campesinos franceses estaba dedicado a domingos y días festivos, y las cifras de Chayanov sobre los poblados de la Rusia Zarista -- nada más lejos de una sociedad progresista -- también muestra que un cuarto o quinto de los días de los campesinos se dedicaba al reposo. Controlando para la productividad, estamos obviamente muy por detrás de éstas sociedades atrasadas. Los muziks explotados se preguntarían porqué cualquiera de nosotros se molesta siquiera en trabajar. También nosotros deberíamos. Sin embargo, para captar completamente la enormidad de nuestro deterioro, consideremos la condición original de la humanidad, sin gobierno o propiedad, cuando vagábamos como cazadores-recolectores. Hobbes decía que la vida era violenta, brutal y breve. Otros asumen que la vida era una lucha desesperada y sin cuartel por la subsistencia, una guerra contra la naturaleza, con la muerte y el desastre esperando a los desafortunados o a cualquiera que no estuviese a la altura del desafío de la lucha por la existencia. En realidad, todo eso era una proyección de los miedos ante el colapso de la autoridad del gobierno sobre comunidades que no estaban acostumbradas a vivir sin él, como la Inglaterra de Hobbes durante la Guerra Civil. Los compatriotas de Hobbes ya habían encontrado formas de sociedad alternativas que ilustraban otras formas de vida -- en Norte América, en particular -- pero incluso éstas se hallaban demasiado lejos de su experiencia para ser comprensibles. (Las clases bajas, mas cercanas a la condición de los indios, lo entendieron mejor y a menudo la encontraron atractiva. A lo largo del siglo diecisiete, muchos colonos ingleses desertaron para unirse a las tribus o, habiendo sido capturados en la guerra, se rehusaron a volver. Pero los indios no desertaban a las colonias inglesas, al igual que los alemanes nunca saltan el Muro de Berlín hacia el Este). La versión de la "supervivencia del más apto" -- la versión de Thomas Huxley -- del Darwinismo era más una crónica de las condiciones económicas de la Inglaterra victoriana que de la selección natural, como lo demostró el anarquista Kropotkin en su libro El Apoyo Mutuo, Un Factor de la Evolución. (Kropotkin era un científico -- un geógrafo -- que tuvo amplias oportunidades involuntariamente para hacer trabajo de campo mientras estaba exiliado en Siberia: sabía de lo que estaba hablando). Como la mayoría de las teorías sociales y políticas, las historias que Hobbes y sus sucesores contaban eran en realidad autobiografías. El antropólogo Marshall Sahlins, examinando datos sobre cazadores-recolectores contemporáneos, deshizo el mito Hobbesiano en un artículo titulado "La Sociedad Afluente Original". Ellos trabajan mucho menos que nosotros, y su trabajo es difícil de distinguir de lo que llamamos juego. Sahlins concluyó que "los cazadores y recolectores trabajan menos que nosotros; y más que un trabajo contínuo, la búsqueda de comida es intermitente, el tiempo libre es abundante, y pasan más tiempo durmiendo durante el día, por persona y año, que en cualquier otra condición de la sociedad". Trabajaban un promedio de cuatro horas por día, asumiendo que "trabajasen" en lo absoluto. Su "labor", tal como nos parece a nosotros, era labor especializada que ejercía sus facultades intelectuales y físicas; labor no especializada en gran escala, como dice Sahlins, es imposible excepto bajo el industrialismo. Por tanto, satisfacía la definición de juego según Friedrich Schiller, la única ocasión en que el hombre realiza su completa humanidad al dar completa expresión a ámbos lados de su naturaleza: pensar y sentir. Como él decía: "El animal trabaja cuando es la privación lo que lo motiva, y juega cuando la plenitud de su fuerza es su motivador, cuando la vida superabundante es su propio estímulo para la actividad". (Una versión moderna -- dudosamente mjorada -- es la contraposición, hecha por Abraham Maslow, entre motivación por "deficiencia" y por "crecimiento") El juego y la libertad són, en lo que se refiere a la producción, coextensivos. Aún Marx, quien pertenece (pese a sus buenas intenciones) al panteón productivista, observó que "el reino de la libertad no comienza hasta que se ha sobrepasado la necesidad de laborar bajo la compulsión de la necesidad y la utilidad externa". Él nunca pudo llegar a identificar esta feliz circunstancia como lo que es, la abolición del trabajo -- es más bien anómalo, después de todo, estar a favor de los trabajadores y en contra del trabajo -- pero nosotros sí podemos. El deseo de retroceder (o avanzar) hacia una vida sin trabajo es evidente en cada historia social o cultural seria de la Europa preindustrial, entre ellas Inglaterra En Transición de M. Dorothy George y Cultura Popular A Comienzos de La Europa Moderna de Peter Burke. También es pertinente el ensayo de Daniel Bell, "El Trabajo y sus Descontentos", el primer texto, según creo, en referirse a la "rebelión contra el trabajo" con esas mismas palabras y, si hubiese sido comprendido, hubiese sido una importante corrección a la complacencia que suele asociarse con el volúmen en que fué incluído, El Fin de la Ideología. Ni sus críticos ni sus celebrantes han notado que la tesis sobre el fin-de-la-ideología de Bell no se refería al fin de la lucha social, sino el comienzo de una nueva fase, no restringida ni dirigida por ideologías. Fué Seymour Lipset (en El Hombre Político), no Bell, quien anunció al mismo tiempo que "los problemas fundamentales de la Revolución Industrial han sido resueltos", tan sólo algunos años antes de que los descontentos post- o meta-industriales entre los estudiantes universitarios hicieran a Lipset abandonar la universidad de Berkeley y buscar la tranquilidad relativa (y temporal) de Harvard. Como indica Bell, Adam Smith en su Riqueza de las Naciones, pese a su entusiasmo por el mercado y la división del trabajo, estaba más alerta (y era más honesto) sobre el lado oscuro del trabajo, que Ayn Rand o los economistas de Chicago o cualquiera de los modernos seguidores de Smith. Como observó Smith: "el entendimiento de la mayoría de los hombres se forma necesariamente por sus ocupaciones habituales. El hombre que se pasa la vida efectuando unas cuantas operaciones simples... no tiene ocasión de ejercer su entendimiento... Por lo general se vuelve tan estúpido e ignorante como es posible que una criatura humana llegue a serlo." He aquí, en pocas y simples palabras, mi crítica del trabajo. Bell, escribiendo en 1956, la Edad de Oro de la imbecilidad Eisenhoweriana y autosatisfacción estadounidense, identificó la crisis desorganizada e inorganizable de los setenta y más allá, la crisis que ninguna tendencia política es capaz de canalizar, la crisis que fué identificada en el reporte de la HEW, El Trabajo en América, la crisis que no puede ser aprovechada y, por lo tanto, es ignorada. Esa crisis es la rebelión contra el trabajo. No figura en ningún texto de ningún economista del laisez-faire -- Milton Friedman, Murray Rothbard, Richard Posner -- porque, en sus términos, como solían decir en Viaje a las Estrellas, "no computa". Si estas objeciones, formadas por el amor a la libertad, no convencen a los humanistas de tipo utilitario e incluso paternalista, existen otras que ellos no pueden despreciar. Para fusilarme el título de un libro: El trabajo es nocivo para tu salud. De hecho, el trabajo es asesinato en masa o genocidio. Directa o indirectamente, el trabajo matará a la mayoría de los que lean estas palabras. Entre 14.000 y 25.000 trabajadores mueren en este país anualmente en el lugar de trabajo. Mas de dos millones quedan deshabilitados. De veinte a veinticinco millones són heridos cada año. Y estas cifras se basan en una estimación muy conservadora acerca de qué constituye una herida relacionada con el trabajo. Por ejemplo, no cuentan el medio millón de casos de enfermedad ocupacional cada año. Hojeé un libro de texto médico sobre enfermedades ocupacionales y tenía 1.200 páginas. Incluso esto apenas es la punta del iceberg. Las estadísticas disponibles cuentan los casos obvios, como los 100.000 mineros que tienen el mal del pulmón negro, de quienes mueren 4.000 cada año, una tasa de mortalidad mucho mayor que la del SIDA, por ejemplo, que recibe tanta atención de los medios. Esto refleja la creencia sobreentendida de que el SIDA aflige a pervertidos que podrían controlar su depravación mientras que la extracción de carbón es una actividad sacrosanta e incuestionable. Lo que las estadísticas no muestran es que decenas de millones de personas ven reducidas sus expectativas de vida a causa del trabajo -- que es lo que sigifica la palabra homicidio, después de todo. Considera a los doctores que trabajan hasta morir a los cincuenta y tantos. Considera a todos los otros adictos al trabajo. Aún si no quedas muerto o inválido mientras trabajas, también puedes morir mientras vas al trabajo, regresas del trabajo, buscas trabajo, o tratas de olvidarte del trabajo. La gran mayoría de las víctimas del automóvil estaban realizando algunas de estas actividades obligadas por el trabajo, o cayeron víctimas de alguien que las hacía. A este conteo de cadáveres se debe añadir las víctimas de la contaminación auto-industrial y la adicción al alcohol y drogas inducida por el trabajo. Tanto el cáncer como las enfermedades cardíacas són aflicciones modernas cuyo orígen se puede rastrear, directa o indirectamente, hacia el trabajo. El trabajo, entonces, institucionaliza el homicidio como forma de vida. La gente piensa que los Camboyanos estaban locos al exterminarse a sí mismos, pero ¿somos nosotros diferentes? El régimen de Pol Pot al menos tenía una visión, aunque borrosa, de una sociedad igualitaria. Nosotros matamos gente en el rango de las seis cifras (por lo menos) para vender Big Macs y Cadillacs a los que sobrevivan. Nuestras cuarenta o cincuenta mil muertes anuales en la autopista són víctimas, no mártires. Murieron por nada -- o más bien, murieron por trabajar. Pero el trabajo no es algo por lo que valga la pena morir. Malas noticias para los liberales: el trasteo regulatorio es inútil en este contexto de vida-o-muerte. La Administración de Seguridad y Salud Ocupacional estaba diseñada para vigilar la parte central del problema, la seguridad en el puesto de trabajo. Incluso antes de que Reagan y la Corte Suprema la deshabilitasen, la ASSO era una farsa. Incluso en los tiempos en que el presidente Carter le otorgaba fondos generosos (para la norma actual), un puesto de trabajo podía esperar una visita sorpresa de un inspector de la ASSO cada 46 años. El control estatal de la economía no es solución. El trabajo es más peligroso en los países con socialismo de estado de lo que lo es aquí. Miles de obreros rusos murieron o resultaron heridos construyendo el metro de Moscú. Existen montones de historias sobre desastres nucleares soviéticos encubiertos que hacen que Times Beach o Three Mile Island parezcan simulacros de ataque aéreo de escuela primaria. Por otro lado, la desregulación, de moda actualmente, no ayudará y probablemente hará más daño. Desde el punto de vista de la salud y la seguridad, el trabajo estaba en su peor momento en aquellos días cuando la economía se acercaba más al libre mercado. Historiadores como Eugenio Genovese han argumentado contundentemente que -- como decían los defensores de la esclavitud de antaño -- los trabajadores asalariados en los estados del Norte de la Unión y en Europa vivían peor que los esclavos en las plantaciones del Sur. Ningún reajuste de las relaciones entre los burócratas y los empresarios parece hacer mucha diferencia a nivel de quienes hacen la producción. Si se impusieran seriamente incluso las normas más vagas de la ASSO, la economía se estancaría por completo. Los vigilantes aparentemente se percatan de ello, ya que ni siquiera intentan arrestar a los malechores. Lo que he dicho hasta ahora no debería ser controversial. Muchos trabajadores están hartos del trabajo. Las tasas de ausentismo, despidos, robo y sabotaje por parte de empleados, huelgas ilegales, y flojera general en el trabajo són altas y van subiendo. Podría haber un movimiento hacia un rechazo consciente y no sólo visceral del trabajo. Y sin embargo, el sentimiento prevalente, universal entre los patronos y sus agentes, y muy extendida entre los trabajadores mismos, es que el trabajo mismo es inevitable y necesario. Yo discrepo. Ahora es posible abolir el trabajo y reemplazarlo, hasta donde sirve a propósitos útiles, con una multitud de nuevos tipos de actividades libres. Abolir el trabajo requiere ir hacia él desde dos direcciones, cuantitativa y cualitativa. Por el lado cuantitativo, hemos de recortar masivamente la cantidad de trabajo que se hace. En la actualidad, la mayor parte del trabajo es inútil o peor, y deberíamos deshacernos de él. Por el lado cualitativo -- y pienso que esta es la base del asunto, y el punto de partida nuevo y revolucionario -- hemos de tomar el trabajo útil que queda y transformarlo en una agradable variedad de pasatiempos parecidos al juego y la artesanía, que no se puedan distinguir de otros pasatiempos placenteros, excepto que sucede que generan productos útiles. Sin duda eso no los hará menos estimulantes. Entonces, todas las barreras artificiales del poder y la propiedad se vendrían abajo. La creación se convertiría en recreación. Y podríamos dejar de vivir temerosos los unos de los otros. No estoy sugiriendo que la mayoría del trabajo pueda salvarse de esta manera. Pero la mayoría del trabajo no vale la pena salvarlo. Solo una fracción pequeña y menguante del trabajo sirve para algún propósito útil, aparte de la defensa y reproducción del sistema del trabajo y sus apéndices políticos y legales. Hace veinte años, Paul y Percival Goodman estimaron que sólo el cinco por ciento del trabajo que se hacía entonces -- presuntamente la cifra, de ser exacta, es aún más baja ahora -- bastaría para cubrir nuestras necesidades mínimas de comida, ropa, y techo. Su cálculo era sólo una aproximación educada, pero el punto clave está claro: directa o indirectamente, la mayor parte del trabajo sirve los propósitos improductivos del comercio o el control social. De inmediato podemos liberar a decenas de millones de vendedores, soldados, gerentes, policías, guardias, publicistas y todos los que trabajan para ellos. Es un efecto de avalancha, puesto que cada vez que dejas sin trabajo a un pez gordo, también liberas a sus lacayos y subordinados. Y entonces la economía implota. El cuarenta por ciento de la fuerza laboral son trabajadores de cuello blanco, la mayoría de los cuales tienen algunos de los empleos más tediosos e idiotas jamás concebidos. Industrias enteras, seguros y bancos y bienes raíces por ejemplo, no consisten en nada más que mover papeles inútiles de un lado a otro. No es accidente que el "sector terciario", el sector de servicios, esté creciendo mientras el "sector secundario" (industria) se atasca y el "sector primario" (agricultura) casi desaparece. Porque el trabajo es innecesario excepto para aquellos cuyo poder asegura, los trabajadores son desplazados desde ocupaciones relativamente útiles a relativamente inútiles, como una medida para asegurar el órden público. Cualquier cosa es mejor que nada. Es por eso que no puedes irte a casa sólo porque terminaste temprano. Quieren tu tiempo, lo suficiente para que les pertenezcas, aún si no tienen uso para la mayor parte del mismo. De no ser así, ¿por qué la semana de trabajo promedio no ha disminuído mas que unos cuantos minutos en los últimos cincuenta años? A continuación, podemos aplicar el machete al trabajo de producción mismo. No más producción de guerra, energía nuclear, comida chatarra, desodorante de higiene femenina -- y por sobre todo, no más industria automovilística digna de ese nombre. Un Barco de Vapor Stanley o un automóvil Modelo-T ocasionales estaría bien, pero el auto-erotismo del cual dependen nidos de ratas como Detroit y Los Angeles queda fuera del mapa. Con esto, sin haberlo intentado siquiera, hemos resuelto la crisis de energía, la crisis ambiental y un montón de otros problemas sociales insolubles. Finalmente, debemos deshacernos de la mayor de las ocupaciones, la que tiene el horario más largo, el salario más bajo, y algunas de las tareas más tediosas. Me refiero a las amas de casa y el cuidado de niños. Al abolir el trabajo asalariado y alcanzar el desempleo total, atacamos la división sexual del trabajo. El núcleo familiar como lo conocemos es una adaptación inevitable a la división del trabajo impuesta por el moderno trabajo asalariado. Te guste o no, tal como han sido las cosas durante los últimos cien o doscientos años, es económicamente racional que el hombre traiga el pan a la casa y que la mujer haga el trabajo sucio y le provea de un refugio de paz en un mundo despiadado, y que los niños sean enviados a campos de concentración juveniles llamados "escuelas", principalmente para que no sean una carga tan grande para mamá pero aún sean mantenidos bajo control, pero también para que adquieran los hábitos de obediencia y puntualidad que tanto necesitan los trabajadores. Si deseas deshacerte de la patriarquía, deshazte del núcleo familiar cuyo no pagado "trabajo invisible", como dice Ivan Illich, hace posible el sistema del trabajo que a su vez hace necesario el núcleo familiar. A la lucha anti-armas nucleares está ligada la abolición de la infancia y el cierre de las escuelas. Hay más estudiantes de tiempo completo que trabajadores de tiempo completo en este país. Necesitamos a los niños como maestros, no estudiantes. Tienen mucho que contribuir a la revolución lúdica, porque ellos són mejores en el juego que las personas maduras. Los adultos y los niños no són idénticos, pero se harán iguales a través de la interdependencia. Sólo el juego puede cerrar la brecha generacional. Aún no he mencionado siquiera la posibilidad de recortar el poco trabajo que aún queda por vía de la automatización y la cibernética. Todos los científicos, ingenieros y técnicos, liberados de molestarse en investigación de guerra y obsolecencia planeada, se la pasarían en grande inventando medios para eliminar la fatiga, el tedio y el peligro de actividades como la minería. Sin duda hallarán otros proyectos en qué divertirse. Quizás establezcan redes globales de comunicaciones multimedia o colonicen el espacio exterior. Quizás. Personalmente, no soy fanático de los aparatos. No me interesa la idea de vivir en un paraíso donde sólo haya que presionar botones. No quiero que robots esclavos hagan todo; quiero hacer las cosas yo mismo. Existe, creo, un lugar para las tecnologías que ahorran trabajo, pero un lugar modesto. El registro histórico y pre-histórico no es esperanzador. Cuando la tecnología productiva pasó de caza-recolección a la agricultura y a la industria, el trabajo se incrementó mientras la especialización y la autodeterminación disminuyeron. La evolución posterior del industrialismo ha acentuado lo que Harry Braverman llamó la degradación del trabajo. Los observadores inteligentes siempre han sido conscientes de ésto. John Stuart Mill escribió que todos los inventos para ahorrar trabajo que se han creado no han ahorrado ni un momento de trabajo. Karl Marx escribió que "sería posible escribir una historia de los inventos hechos desde 1830 para el único propósito de proveer al capital con armas contra las revueltas de la clase obrera". Los tecnófilos entusiastas -- Saint-Simon, Comte, Lenin, B.F. Skinner -- han sido siempre completos autoritarios también; es decir, tecnócratas. Deberíamos ser más que escépticos con las promesas de los místicos de las computadoras. Ellos trabajan como mulas; lo más seguro es que, si se salen con la suya, también el resto de nosotros lo hará. Pero, si tienen alguna contribución particular más subordinada a los propósitos humanos, pues escuchémosles. Lo que realmente deseo es ver el trabajo convertido en juego. Un primer paso es descartar las nociones de un "empleo" y una "ocupación". Incluso las actividades que ya tienen algún contenido lúdico lo pierden si se reducen a empleos que ciertas personas, y sólo esas personas, se ven forzadas a hacer excluyendo cualquier otra cosa. ¿No es raro que los campesinos trabajen dolorosamente en los campos mientras sus amos van a casa cada fin de semana y se ponen a cuidar de sus jardines? Bajo un sistema de festejo permanente, presenciaremos una Edad de Oro de la creatividad que hará pasar verguenza al Renacimiento. No habrá más empleos, sólo cosas que hacer y gente que las haga. El secreto de convertir el trabajo en juego, como demostró Charles Fourier, es acomodar las actividades útiles para tomar ventaja de lo que sea que diferentes personas disfrutan hacer en momentos diferentes. Para hacer posible que algunas personas hagan las cosas que disfrutan, bastará con erradicar las irracionalidades y distorsiones que afligen esas actividades cuando són convertidas en trabajo. Yo, por ejemplo, disfrutaría enseñando un poco (no demasiado), pero no quiero estudiantes que estén allí a la fuerza, y no me interesa adular a pedantes patéticos para obtener un profesorado. Segundo, hay cosas que a la gente le gusta hacer de vez en cuando, pero no por demasiado tiempo, y ciertamente no todo el tiempo. Puedes disfrutar haciendo de niñera por algunas horas para compartir la compañía de los niños, pero no por tanto tiempo como sus padres. Los padres, mientras tanto, aprecian profundamente el tiempo que les liberas para sí mismos, aunque les molestaría apartarse de su progenie por mucho tiempo. Estas diferencias entre los individuos són lo que hace posible una vida de juego libre. El mismo principio se aplica a muchas otras áreas de actividad, especialmente las primarias. Así, muchos disfrutan cocinar cuando lo pueden hacer con seriedad, a su modo, pero no cuando sólo están recargando cuerpos humanos con combustible para el trabajo. Tercero -- aún sin cambiar todo lo demás -- algunas cosas que no són satisfactorias si las haces sólo, o en un entorno desagradable, o bajo las órdenes de un supervisor, son agradables, al menos por un tiempo, si esas circunstancias cambian. Esto es cierto probablemente, hasta cierto punto, para todo trabajo. La gente utiliza su ingenio, de otro modo desperdiciado, para convertir las tareas repetitivas menos atrayentes en un juego, lo mejor que pueden. Las actividades que atraen a algunas personas no siempre atraen a todas, pero todo el mundo tiene, al menos en potencia, una variedad de intereses y un interés en la variedad. Como dice el dicho, "cualquier cosa, una vez". Fourier era el maestro en especular cómo a las inclinaciones aberrantes y perversas se les podría dar uso en la sociedad post-civilizada, que él llamaba Armonía. Pensaba que el Emperador Nerón pudo haber sido una buena persona si, de niño, hubiese podido complacer su gusto por la sangre trabajando en un matadero. Los niños pequeños a quienes les encanta revolcarse en la suciedad podrían ser organizados en "Pequeñas Hordas" para limpiar los sanitarios y recoger la basura, otorgando medallas a los que destaquen. No estoy sugiriendo que sigamos estos mismos ejemplos, sino que veamos el principio subyacente, el cual me parece que tiene sentido como una dimensión de una transformación revolucionaria general. Ten en mente que no se trata de tomar el trabajo de hoy tal como lo encontramos y asignarlo a la gente adecuada, ya que algunos de ellos tendrían que ser realmente perversos. Si la tecnología cumple un papel en todo esto, no es tanto para eliminar el trabajo automatizándolo, sino para abrir nuevos espacios para la re/creación. Hasta cierto punto podemos desear regresar a la fabricación a mano, que William Morris consideraba un resultado probable y deseable de una revolución comunista. El arte sería recuperado de las manos de esnobs y coleccionistas, abolido como departamento especializado sirviendo a una audiencia de élite, y sus cualidades de belleza y creación restauradas a la vida misma, de la cual fueron robadas por el trabajo. Da qué pensar el hecho de que las ánforas griegas a las que escribimos odas y guardamos en museos fuesen usadas en su tiempo para guardar aceite de olivo. Dudo que a nuestros artefactos cotidianos les vaya tan bien en el futuro, si es que hay uno. Lo que quiero decir es que no existe tal cosa como el progreso en el mundo del trabajo; más bien es lo opuesto. No deberíamos dudar en saquear el pasado por lo que tiene que ofrecer, los antiguos no pierden nada y nosotros nos enriquecemos. Reinventar la vida cotidiana significa marchar más allá del borde de nuestros mapas. Es cierto que existe más especulación sugerente de lo que la mayoría de la gente se imagina. Aparte de Fourier y Morris -- y hasta una pista, aquí y allá, en Marx -- están los escritos de Kropotkin, los sindicalistas Pataud y Pouget, anarco-comunistas de antes (Berkman) y de ahora (Bookchin). La Communitas de los hermanos Goodman es ejemplar porque ilustra qué formas siguen a qué funciones (propósitos), y hay algo que sacar de los heraldos, a menudo borrosos, de la tecnología alternativa/apropiada/intermedia/convivencial, como Schumacher y especialmente Illich, una vez que desconectas sus cortinas de humo. Los situacionistas -- tal como són representados por la Revolución de la Vida Cotidiana de Vaneigem y en la Antología de la Internacional Situacionista -- són tan despiadadamente lúcidos como para ser estimulantes, aún si nunca llegaron a encajar bien su apoyo a las asociaciones de trabajadores con la abolición del trabajo. Sin embargo, es mejor su incongruencia que cualquier versión actual del izquierdismo, cuyos devotos buscan ser los últimos campeones del trabajo, porque si no hay trabajo no hay trabajadores, y sin trabajadores, ¿A quién organizaría la izquierda? Así que los abolicionistas tendrían que actuar por su cuenta. Nadie puede decir qué resultaría de liberar el poder creativo aturdido por el trabajo. Cualquier cosa puede pasar. El gastado debate de libertad versus necesidad, que casi suena teológico, se resuelve sólo cuando la producción de valores de uso coexista con el consumo de deliciosa actividad lúdica. La vida se convertirá en un juego, o más bien muchos juegos, pero no -- como es ahora -- un juego de suma cero. Un encuentro sexual óptimo es el paradigma del juego productivo; los participantes se potencian los placeres el uno al otro, nadie cuenta los puntajes, y todos ganan. Cuanto más das, más recibes. En la vida lúdica, lo mejor del sexo se mezcla con la mejor parte de la vida diaria. El juego generalizado lleva a la libidinización de la vida. El sexo, en cambio, puede volverse menos urgente y desesperado, más juguetón. Si jugamos bien nuestras cartas, podemos sacar más de la vida de lo que metemos en ella; pero sólo si jugamos para ganar. Nadie debería trabajar. Proletarios del mundo... ¡descansad!
 

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